martes, 13 de diciembre de 2016

Principio y final

En la vida todo, absolutamente todo, tiene un principio y un final. Todo empieza y todo acaba. Es así. Las mejores épocas se marchitan y oscurecen y los tiempos tenebrosos se aclaran y el cielo se despeja dando paso al sol. Los Gobiernos supervivientes como el de Churchill, o los obscenos como el de Hitler, empezaron y acabaron. Incluso el terror de los Castro cubanos concluirá algún día, aunque no parezca posible. Los matrimonios comienzan y terminan, aunque la mayoría de las veces los implicados no sepan -o no quieran- datar el final. Hasta el planeta nació de un big bang, y morirá con otro, nos guste o no. Nada es eterno. Nada permanece para siempre. Simeone, tampoco.

Acabamos de vivir, algunos con gran alegría y gozo cercano al éxtasis, la que posiblemente ha sido la mejor etapa en la historia del Club Atlético de Madrid. Hace exactamente cinco años tuvimos la enorme fortuna de que Diego Pablo, el "Cholo" para nosotros, llegara a Madrid para iniciar un periplo extraordinario, para cambiarlo todo de arriba a abajo, para conseguir que dejáramos de ser el hazmerreir de Madrid, España y Europa entera y pasásemos a ser temidos, respetados y admirados por todo el mundo. En 2011 el Aleti era un ente amorfo en descomposición. Hoy es un club sólido, con jugadores que valen auténticas millonadas, que juega la Champions y casi la gana -dos veces- y con unas estructuras robustas y profesionalizadas. Y todo, absolutamente todo, lo ha hecho el Cholo. La transformación experimentada por jugadores, técnicos, empleados e incluso los directivos delincuentes prescritos ha sido tal que, como diría Alfonso Guerra, al club no lo reconoce ni la madre que lo parió.

Durante este periodo de cinco años los hinchas, como gusta llamarnos nuestro guía, hemos disfrutado como nunca. Hemos ganado cinco copas; Liga, Copa del Rey, Europa League y las dos Supercopas pero, sobre todo, hemos disputado dos finales de la Champions League. Y las dos, sí, las dos, debimos ganarlas. La primera siendo inferiores al rival y la segunda mostrándonos superiores. Pero, como dice nuestro gurú, no se dio. Y si del primer estacazo salimos aún más fuertes, con más energía, más deseo, más ímpetu, el segundo golpe nos dejó noqueados. Y al primero, al Cholo. Dijo lo que dijo en sala de prensa y, aunque trató de arreglarlo, todos supimos que algo se había roto para siempre y que ya no había vuelta atrás. Como lo más difícil para la raza humana es poner el punto final, nos engañamos, se engañó el Cholo e hicimos como si nada hubiera pasado, seguimos con el discurso habitual, pero la cosa no era igual. El equipo es otro, la solidaridad defensiva, el bloque impenetrable, el muro infranqueable ya no se ve. Jugamos a otra cosa, de otra manera, sin tanta solidez, sin ese "todos para uno y uno para todos" que se había hecho más famoso en todo el mundo que el de Dumas. Y, en el banquillo, no existe la frenética actividad de antaño, la pasión con la grada bajó unos grados, las declaraciones son más secas, la actitud más displicente, las caras más agrias, el trato menos cercano.


Y no pasa nada. Han sido cinco años excepcionales, sin tacha, sin mácula, únicamente con la imperecedera frustración de no haberlo ganado todo cuando se pudo. Pero nosotros no somos como otros. Nosotros no medimos el éxito o el fracaso acumulando títulos que pronto olvidamos en una repisa. Nosotros valoramos una forma de hacer las cosas, una fidelidad a unos colores, un amor incondicional a un club que no gana siempre. Lo nuestro es más difícil, de hecho los otros no lo entienden, no pueden comprender que, tras haber perdido una final, nos quedemos media hora ovacionando a nuestros jugadores hasta que parezca que han logrado la victoria. No entienden que, si lo han dado todo, si lucharon hasta la extenuación, no hay nada que importe más que esa entrega a unos colores. Y así ha sido durante cinco maravillosos años.

Pero todo este increíble periplo toca a su fin. Las señales son inequívocas y el Cholo, si es fiel a lo que escribió en su libro "Creer", debe saberlo. No es un desdoro, no hay que avergonzarse, ni pedir disculpas, todo está bien. Pero concluyó. Esta etapa, espectacular e inolvidable, llegó a su término. Y como desde los despachos no van a mover un músculo -por la cuenta que les trae-, le toca al Cholo poner la rúbrica a su enorme obra. Y el momento es ahora. Antes de que alguien se confunda y la cosa empiece a ponerse desagradable, es necesario llegar hasta el final. Un final que será un punto y seguido, no se aflijan. Luis Aragonés, nuestra otra leyenda, nos entrenó nada menos que en cinco etapas diferentes. El Cholo tiene 46 años nada más, hay tiempo de sobra. Pero no ahora, no esta temporada, no en estas circunstancias. Qué bueno que viniste, Cholo. Hasta pronto.  
  

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Vicios adquiridos

Como sin duda sabrán, ustedes que viven bien informados y asaeteados por multitud de noticias -verdaderas o falsas, eso sí- que llegan a través de los infinitos medios de comunicación que hoy en día así pueden llamarse, se generó hace tiempo una virulenta polémica en nuestro país a cuenta de unas estúpidas declaraciones del director de cine Fernando Trueba, no tanto por su contenido estricto -que también- sino sobre todo por el lugar y el momento que eligió para escupirlas, justo cuando recibía el Premio Nacional de Cinematografía, dotado con unos sabrosos 30.000 euros que el elemento no tuvo reparo en recoger de manos de un ministro de España, de ese país al que tanto detesta y del que jamás se ha sentido -ni cinco minutos siquiera- ciudadano. Con dos cojones. Ese momento, inmortalizado por las cámaras y micrófonos, por mucho que desde la cuerda del protagonista intenten edulcorarlo, suavizarlo o tergiversarlo, lo mismo me da, es una oda a la gilipollez suprema de un resentido, de un estúpido y de un desagradecido que, gracias a ese país que denosta, gracias al dinero de sus ciudadanos percibido a través de ridículas subvenciones, ha podido realizar sus películas, algunas de ellas, dicho sea de paso, absolutamente vergonzosas.

Por que el caso es que a nosotros, a los de a pie, a los paganinis de esta historia, a los que quieren montar un negocio, una empresa o una franquicia, lo que sea que se les ocurra, a todos estos no se les subvenciona desde el Ministerio corespondiente. Si uno quiere abrir una charcutería, un despacho de loterías o una farmacia, no solamente no recibe ni un euro procedente del erario público, sino que además se ve obligado a sortear mil y una trabas burocráticas hasta conseguir echar a andar la empresa, eso si antes no se cansa y abandona el proyecto harto de papeleo y dificultades varias. Hay que tener mucho ánimo y muchas ganas para iniciar cualquier actividad por cuenta propia en España y luego para mantenerla en el tiempo. Y mientras uno intenta sostener su medio de vida, Hacienda, Sanidad o Trabajo -por nombrar tres Ministerios "comprometidos" con los españoles emprendedores- se encargarán de que el negocio camine siempre por el alambre, de que la espada de Damocles del cierre esté siempre bien presente sobre nuestras cabezas.

Sin embargo, un tipo cualquiera, con talento o sin él, decide que va a hacer una película y automáticamente recibe subvenciones y ayudas a porrillo. ¿Qué ven cuando arranca un film español en la gran pantalla? Infinidad de logotipos de Ministerios, Consejerías, Ayuntamientos, Televisiones Públicas, Televisiones Privadas a su vez subvencionadas o sostenidas por el Estado, marcas patrocinadoras de diferentes campos y la intemerata. Pasta a granel, dinero de todos empleado, la mayoría de las ocasiones, en lanzar bodrios infumables que acaban a las dos semanas olvidados por todo el mundo, incluso por quienes se beneficiaron de las "ayudas".

La úiltima obra del tipo este que odia a España pero que recibe su pasta con avaricia y alegría está fuertemente subvencionada. Además, cosa rara, el insigne y estrábico director le ha puesto en el título el nombre del país al que detesta, no se sabe si para hacer un poco la pelota o para reirse aún más de nosotros. "La Reina de España", que así se llama la historia, ha recaudado lo que se dice una miseria en sus primeros días de exhibición. No alcanza los 400.000 euros en su primer fin de semana, lo cual es una ridiculez, porque se estrenó en 376 salas y el promedio apenas llega a 1.000 euros por cine. Alarmado por el bochorno, el extraviado autor se ha lanzado por las emisoras a llorar y a decir que si hay un boicot, que el no dijo lo que dijo, que somos muy torticeros y que interpretamos mal sus palabras. Y no sólo él anda de romería por radios y televisiones, encima ha mandado a sus actores, a Resines, Sanz y cía. -a Penélope no, faltaría más, que es una celebrity medio americana y está casada con Bardem, ese progresista intachable- a perder el culo y ponerle a él como si fuera un mártir, alegando que paga sus impuestos en España y que por tanto su currículum es irreprochable y bla, bla, bla.

Miren, a mí me importa un rábano si la película es buena o mala. Hace años, exactamente desde que el manflorita ese manchego se pusiera a hablar de golpes de Estado y luego el gorila que lleva a su mujer a parir al hospital más caro de los Estados Unidos abriera su bocaza hasta extremos inhumanos para predicar justo lo contrario de lo que hace, desde entonces no gasto un céntimo en ver cine español. Si acaso cuando luego lo ponen en la tele a lo mejor, si no tengo nada que hacer, le presto un poco de atención. Y, si por error alguna vez asisto a una sala donde proyectan cine subvencionado, ya miro muy bien antes quién es el responsable del habitual desaguisado y selecciono. Si el apellido empieza por A y es palabra grave, ya les digo que seguro que no voy. Y si el tío ha insultado a mi país y a la inteligencia de sus súbditos, menos. Cuando empiecen a subvencionar al frutero de la esquina por traer excelentes plátanos canarios, o a la pescadería de al lado por ofrecer merluza fresca del Cantábrico, a lo mejor cambio de parecer. Y si al peluquero de enfrente le dan pasta por hacer bien sus cortes de pelo y a la tienda de ropa para niños la subvencionan por vender género fabricado en España incluso puede que hasta vuelva a interesarme por el cine español. Mientras tanto sus vicios, adquiridos hace ya tantos años que son verdaderas enfermedades crónicas, que se los pague Rita la cantaora, que servidor bastante tiene con lo suyo.