jueves, 17 de marzo de 2016

El quinto

Después de una semana ausente por causas de fuerza mayor, de nuevo estamos por aquí para comunicar cosas más o menos interesantes, pensamientos, cuitas y vivencias que a uno le van surgiendo. La causa de fuerza mayor que nos ocupa es el obligado viaje a Madrid para animar al Atlético en los partidos contra el Deportivo de la Coruña y, fundamentalmente, en el drama en varios actos con final feliz sufrido el martes frente a los holandeses del PSV Eindhoven. Porque, por si todavía no lo sabían, este blog es del Aleti. No es que simpatice con el club rojiblanco, no, es que lleva pintado el corazón a rayas verticales rojas y blancas y, para vivir, necesita respirar el aire del Manzanares. Pertenece al Aleti, cree en el Aleti, ama al Aleti, sabe y huele al Aleti, todo él es Aleti.    

Todo el que haya visto el partido de octavos de final de Champions League, sabrá que no fue un canto al fútbol y que casi toda la emoción y el meollo del choque se centró en la interminable tanda de penalties. Nada menos que dieciséis hicieron falta para que el Aleti pasara a cuartos. Este artículo se centrará concretamente en el quinto que lanzó el once de Simeone y, más en profundidad, en quien tuvo el valor de tirarlo: don Fernando José Torres Sanz, a quien a sus 32 años -el domingo próximo los cumple- siguen llamando "El Niño".

Cierto es que todos los penalties valen lo mismo: un gol si se marcan, cero si se fallan. Pero no es lo mismo chutar el primero que el segundo, ni mucho menos el quinto. En casi todas las tandas importantes, en las que se decide un título o el pase a una eliminatoria de un torneo grande, el quinto penalti suele ser el último, el que decide el vencedor, el que concentra mayor carga emocional, el más complicado, en definitiva. Casi siempre suele apuntarse para tirarlo la figura del equipo del que se trate. A veces a ese supuesto jugador franquicia le entran los siete males, se le abren las carnes y se va por la pata abajo ante tamaña responsabilidad y no se atreve. El más famoso de estos quizás fue el delantero brasileño del Deportivo coruñés Bebeto, aunque no fuera en una tanda, sino en el último minuto del partido que decidía la Liga de 1994 contra un Valencia que nada se jugaba. Tuvo que ser su compañero, el sobrio y elegante central serbio Djukic quien, ante la espantada del artista, se viera en la angustiosa tesitura. El resultado es conocido por todos; balón detenido por el guardameta y título para el Barcelona. Fue tan traumático que aún hoy se conoce como "el penalty de Djukic".

En el Aleti hemos sufrido dos de estas infartantes tandas en los últimos tiempos: ambas en Champions, las dos en octavos de final, una contra el Bayer Leverkusen y la otra en el encuentro del martes frente a los holandeses de la Philips. En las dos, el jugador que se dirigió con paso firme hacia el punto fatídico en el quinto lanzamiento fue el mismo. Sí, en efecto, fue Fernando Torres. Y en ambas ocasiones marcó. Con tranquilidad, sin aspavientos, sin celebraciones, como no dándose importancia. El año pasado acabó sirviendo para ganar la eliminatoria ante el fallo posterior del alemán Kiessling. Este dio paso a la muerte súbita, permitió continuar con la esperanza intacta. Cuando Fernando acudía hacia su cita ineludible, debía ir pensando necesariamente en que, si lo fallaba, el Aleti caería eliminado y él sería carne de cañón para la prensa carroñera, tan habituada a faltarle al respeto a un mito viviente del fútbol español.


Sí, un mito. Y no exagero un ápice. Recuerdo que Torres ha ganado dos Eurocopas con la selección española, una de ellas con aquel maravilloso gol suyo a Lehmann, y la otra alzándose con el título de máximo goleador y bota de oro, siendo el único futbolista que ha sido capaz de marcar en dos finales de ese torneo. También se proclamó campeón del mundo en 2010, por si se han olvidado. Jugó y triunfó en el Liverpool inglés y después de convertirse en el fichaje más caro hasta entonces de la Premier, con el Chelsea ganó la Copa, la Champions y la Europa League. Pero todo esto a los del Aleti nos da igual. Son datos, como los de sus goles, más de cien con su equipo del alma, 81 con los reds y 45 con los blues, amén de los 38 con España, de la que es el tercer máximo goleador de su historia. Pero sólo son eso, números y más números, guarismos fríos que no recogen su importancia y su peso en el devenir del club de sus amores.

A nosotros nos dan igual los goles que marque, los partidos que juegue y los títulos que tenga en su palmarés. Nosotros le recordamos paseando nuestro escudo sobre una bandera española en un autobús descapotado durante las celebraciones por los triunfos de la selección. Fernando militaba entonces en otros equipos, pero su corazón era rojiblanco y así se lo mostró al mundo entero durante aquellos paseos por Madrid junto a unos compañeros que, vaya por Dios, no tuvieron su misma idea. Fue una muestra pública de fidelidad y amor a unos colores que nosotros, en cuanto tuvimos ocasión, le agradecimos convenientemente. Recuerden su presentación el día de su regreso al Aleti. 45.000 personas se reunieron en el Calderón para recibirle, para decirle que nunca se había ido, para mostrarle nuestro cariño y desagraviarle de las bobadas que se escribían -y se escriben- sobre él cada día en unos medios enfermos, que le tratarían de forma muy distinta si militase en otros clubes que no nombraré.


No sabemos si continuará el año que viene. Nos gustaría mucho, pero no es transcendental. Será un guía, un faro, un embajador nuestro allí donde esté. Y si sigue con nosotros más tiempo, un ejemplo para el resto de la plantilla, un estímulo para los jóvenes jugadores y un espejo en el que mirarnos. Un tipo que sin saber si continuará en el club no sólo no se altera, no presiona, no ataca, no mete prisa, no pone caritas en público, sino que además se deshace en elogios al entrenador aunque le ponga menos de lo que él quisiera y no le asegure su renovación. Un señor de los pies a la cabeza, un símbolo, un mito. Un tío con todo el pescado vendido que se arriesga a que pongan en duda su prestigio tirando el quinto penalty no una, sino dos veces. Y las que hagan falta. Gracias, Maestro, porque eso es lo que ya eres. Un ídolo sostenido por la peana de toda una afición sin fisuras. A ver si es posible que los otros se vayan enterando.         

1 comentario:

  1. Ídolo del Aleti. Me imagino que con los años acabarán reconociéndole como uno de los grandes del futbol español. Además, un caballero en el campo.

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