jueves, 29 de octubre de 2015

Añoranzas (1): El fútbol y su entorno

Resulta evidente que, a medida que uno va cumpliendo años, el pasado abulta más que el futuro que nos queda por delante y los recuerdos suponen una parte muy importante de nuestra vida cotidiana. Recordamos a personas que ya no están, momentos que no volverán, lugares que ya no existen...Y a veces lo hacemos con nostalgia, añorando todo aquello que ocurrió en ocasiones sin fundamento pues, como dice un buen amigo, tendemos a mitificar un poco todo lo que es pasado sin saber por qué. Debe ser algo consustancial al ser humano eso de añorar, echar de menos, recordar con una sonrisa en los labios incluso algo que en su día tuvo sabor amargo. A mí me ocurre cada vez más, así que hoy inicio lo que pretende ser una serie, que recogerá mis añoranzas personales referidas a temas concretos. Comienzo aunando dos de mis pasiones, escribir y el fútbol, exponiendo la visión que tengo ahora de acontecimientos vividos hace muchos años pero que dejaron en mí un poso agradable. Hoy, mi única actividad profesional consiste precisamente en eso, en escribir sobre fútbol. Es algo que fue surgiendo, una afición, algo vocacional que, por desgracia, no he logrado convertir en mi trabajo diario. También esa sensación de fracaso, de haber llegado tarde, de no haber estado en el sitio preciso en el momento justo, envuelve un poco el paquete y acentúa la sensación de añoranza, de lo que pudo haber sido y no fue. En fin, qué le vamos a hacer. Escribamos pues.    


Fue el día de Reyes de 1979. Ese día me senté en la grada de un campo de fútbol por primera vez. Fue, cómo no, en el frío cemento que entonces ofrecía el estadio Vicente Calderón. Tenía ya quince años, pero no se había dado la posibilidad de acudir hasta esa fecha, en la que mi padre decidió que ya era hora de que mi hermano y yo asistiéramos en directo al espectáculo del que él tanto nos hablaba en casa a la vuelta de emocionantes partidos, unos ganados, los más por aquel entonces, otros perdidos, como sucedió precisamente el día de nuestro estreno: palmamos contra el Burgos 1-2, y sólo recuerdo que los goles visitantes los marcó un delantero argentino que se apellidaba López que luego jugó en el Sevilla. En los castellanos ya despuntaba un tal Juanito Gómez, hoy convertido en leyenda en el norte de Madrid a causa de un desgraciado y prematuro accidente.

Eran otros tiempos para el deporte rey. No sé si mejores, pero sí más entrañables, más cercanos, menos edulcorados y, desde luego, mucho menos manipulados por los medios de comunicación. Todo era más real, más cotidiano y más épico. Se jugaba durante el invierno en campos embarrados, a veces encharcados, y aún así se veía más juego que en muchos partidos hoy en día. Las botas se empapaban y pesaban un kilo, eran negras y con cordones y no de esos colorines fosforito que desentonan una barbaridad con el resto del uniforme. Jamás me acostumbraré a que un futbolista juegue con botas blancas: me parece que fuera descalzo. Los balones no estaban hechos con materiales empleados por la NASA, eran de cuero y nada más y cabecearlos un día de lluvia era como darle un testarazo a una maceta con tierra y todo.

Los estadios lucían vistosos nombres, como La Condomina, Las Gaunas, El Vivero, La Viña o La Rosaleda, nombres que identificaban al club con el barrio o la calle donde se forjó su historia. Luego se puso de moda que recordaran a uno de sus presidentes, muchas veces al mejor, otras al más nefasto; así, Chamartín pasó a ser el Santiago Bernabéu, el Manzanares se convirtió en el Vicente Calderón, o Altabix en el Martínez Valero. También llegaron a dar su nombre a un campo Ruiz de Lopera o José Fouto, personajes que llevaron a sus equipos casi o totalmente a la quiebra. Hoy, en una pérdida absoluta de tradición y respeto por la historia, hay estadios que se llaman Iberostar en vez de Son Moix (o Luis Sitjar) y existen proyectos para denominar a los más importantes coliseos con nombres de líneas aéreas casi siempre árabes, que generan muchos petroeuros pero ocurre que, como se ha demostrado en el Málaga, a sus forrados jeques no les importa un comino la afición.

Los protagonistas también han cambiado. Es más, nada tiene que ver un futbolista puntero de hoy con Gárate, Santillana o Migueli. No es que sean mejores, que muchas veces sólo lo son en el físico, es que son mucho más odiosos. Los mencionados concedían entrevistas a todo el mundo, firmaban autógrafos a tutiplén y acudían a entrenar en sus coches como el resto de mortales. Hoy, si la figura se enfada por una pregunta “inoportuna” llama tonto al periodista, se enfurruña y se tira tres meses sin hablar, lo cual, dicho sea de paso, a veces es una bendición. Los niños pequeños en muchas ocasiones no sólo se quedan sin la firma de su ídolo, sino que encima no pueden verle porque sale –o entra- por la puerta de atrás, como si fuera a un juzgado, como si se avergonzara, como si le molestara contactar con la plebe. Y si el aficionado espera en la puerta del aparcamiento, tampoco llega a atisbar al volante la silueta del ídolo porque sale a toda pastilla en un bólido que antes sólo se veía en las películas de James Bond. Y encima, para parecer más cercano y más guay, el chico a veces se jacta en algún periódico de que tiene uno para cada día de la semana. Por no hablar de las ridículas celebraciones de los goles, emitiendo gritos simiescos o remedando bailes estúpidos incluso con 6-0 en el marcador, todo un ejemplo de respeto al adversario. En aquellos tiempos había jugadores ingenieros como Gárate, médicos como José Martínez “Pirri” o economistas como Sanchís hijo o Butragueño. Hoy, con suerte tienen el graduado escolar y algunos, como diría el genio de La Calzada, una etiqueta de anís del Mono.

Los porteros también son otra cosa. Entonces muchos no llevaban guantes y, si lo hacían, éstos eran de lana y lucían jerseys de punto, iguales a los que vestían mientras disfrutaban de la televisión en blanco y negro en los salones de sus casas. Lo de hoy en día no son guantes sino manoplas según los gurús, cubiertas de auténticas ventosas y con sus nombres grabados, personalizados que se dice ahora y disponen de docenas de pares. Hace años, si Iribar o Arconada hubieran lanzado sus guantes a la grada al terminar un partido nadie se hubiera peleado por cogerlos. Hoy son un trofeo. También les hacen uniformes de colores chillones porque dicen que así despistan a los delanteros. No sé yo. Además, si quieres ser moderno, debes saber jugar el balón como lo hacía un líbero de entonces, a lo Beckenbauer, para entendernos. Si no, dedícate a otra cosa. Tampoco se paraba “a mano cambiada”, algo que parece tener mucho mérito según los narradores epilépticos de partidos, pero que ni Urruti ni Ablanedo ni ninguno de los extraordinarios arqueros de aquella época practicaban. Serán las modas.

Como las equipaciones de los clubes. Ni las entiendo, ni comprendo el criterio para elegirlas. Antes se jugaba con el segundo uniforme cuando coincidían los colores. El Barcelona siempre jugó de azulgrana en el Manzanares. Ahora unos años va de amarillo limón, otros de verde pistacho y a veces de negro. Por supuesto, últimamente con esa ropa amarilla y roja a rayas que simula una bandera catalana. Y qué decir de la camiseta titular. Basta observar este año al Barcelona con ¡rayas horizontales! O a mi Aleti, que visto de espaldas parece el Murcia, el mítico conjunto pimentonero. Hace pocas semanas pasé por la tienda que está en los bajos del estadio y una joven dependienta me miró como a un bicho raro cuando le dije que la casaca me parecía horrorosa. Es más, me aseguró que se estaba vendiendo muy bien. Cosas del marketing. Es sabido que hoy se gana más despachando camisetas horteras que con los abonos o las entradas.    

Queda escrito que los jugadores de entonces parecían algo más listos que los de ahora. Todos sabían leer y escribir y, como ganaban lo justo, como cualquier trabajador, no necesitaban agentes ni representantes. Creo que el primero que los utilizó fue el traidor Paco Llorente, que se declaró mudo total cuando empezó a hablarse de su fuga del Aleti al eterno rival y salía siempre con la cantinela “eso lo lleva mi representante”. Actualmente los agentes de futbolistas son dioses, verdaderos reyes Midas que consiguen para los chavales contratos con cifras disparatadas, auténticamente inmorales en muchos casos, a cambio de enormes tajadas. De hecho hay alguno más rico que casi cualquier jugador.     

El juego era quizás menos físico, no se marcaba al contrario por todo el campo, pero en cambio era más viril, centrales de pierna fuerte y nariz rota como Arteche o Goicoechea pegaban una barbaridad a delanteros que aguantaban el envite sin necesidad de rodar espectacularmente por los suelos levantando los brazos al árbitro ni de pedir enérgicamente tarjeta para sus compañeros de profesión. En lugar de llevar blindadas las espinillas, aquellos jugadores se enfrentaban con las medias bajadas y camisetas y pantalones de algodón a adversarios rudos y a veces violentos sin esconderse junto a la banda y sin pedir constantemente la intervención del médico. Antes, de los lesionados se ocupaba un masajista con agua y réflex y enseguida los dejaba listos para regresar a la lucha. Ahora tienen a su disposición una legión de médicos, recuperadores, fisioterapeutas y camillas con ruedas por si tienen que salir del terreno de juego que no lo hagan cojeando, los pobres.

Hasta los árbitros han dejado de ir de negro. Han cambiado el luto riguroso por toda una gama de colorines que, en ocasiones, consiguen que no se distingan de los guardametas y sus vistosos uniformes. Las tarjetas entonces blancas ahora son amarillas, también fosforescentes, y los colegiados, antes conocidos como trío arbitral y ahora como la alegre pandilla, -hay competiciones que ya van por seis- son una mezcla entre locutores de radio y encargados de sex-shop, por la cantidad de auriculares, pinganillos, vibradores y demás elementos electrónicos que portan. Sin embargo, sigue sin utilizarse una tecnología que les ayude a determinar si una jugada es o no fuera de juego o si un balón ha entrado del todo en la portería. Existe, pero no se les deja usarla. Eso sí, desde hace poco también llevan un aerosol con espuma de afeitar que dicen que sirve para marcar la línea que debe respetar la barrera en las faltas. En fin, quizás por eso casi todos los dirigentes andan por estas fechas visitando comisarías y prisiones. Como a todos los que mandan, ha acabado por interesarles más llenar el bolsillo que ayudar a las personas. 

Al principio me referí a las primeras gradas que conocí. Eran de cemento, con los lugares asignados a cada espectador separados por una línea negra pintada en ellas. Si te tocaban al lado dos señores de cierto tamaño y bien abrigados, con aquellas gruesas pellizas de ante que se usaban entonces, apenas podías moverte en todo el partido. Eso sí, estabas calentito sin necesidad de llamar a los hombrecillos con chaquetilla blanca y cestas de latón que pasaban constantemente por las gradas al grito de “¡hay copas de coñac, oiga!” Sí, los jóvenes han leído bien, se vendía licor de alta graduación en los estadios, y la gente fumaba largos puros que podían comprarse en los numerosos puestos a la entrada del campo, actividad hoy prácticamente proscrita.

Pero sin duda, el mayor cambio y el que más daño le ha hecho a este deporte es el experimentado por los medios de comunicación. Entonces había rivalidad, pero entre Aleti y Madrid. Esos eran los partidos del año, los derbis. Lo de los clásicos era en Argentina, Boca-River o Vélez-San Lorenzo. Pero la prensa se inventó, al calor de la política, un nuevo choque estrella, el Barcelona-Madrid y, poco a poco, dejaron de existir los demás para centrarlo todo en esos dos clubes. El resto permaneció atónito y consintió que la brecha se fuera agrandando hasta conseguir la competición que hoy padecemos, en la que lo más importante es quién de los dos grandes alcanza el Balón de Oro, la Bota de Oro o el Pepino de Oro. Incluso programas de fútbol en televisión que antes se dedicaban a poner los resúmenes de los partidos, hoy exhiben sin pudor a exaltados de ambos bandos que se dedican a dar voces e insultarse antes de ofrecer, a última hora, ridículas imágenes del resto de equipos. Sin embargo, durante el programa, los energúmenos sólo se habrán dedicado a intentar descifrar lo que decían jugadores que, precisamente para evitarlo, ahora se hablan en el campo con una mano delante de la boca, o a jalear las vergonzantes “performances” que tras los goles escenifican las estrellitas. Afortunadamente todavía queda algún Puyol para darle un sopapo al tontaina de turno que se pone a hacer gilipolleces cuando su gol supone el 0-7 ante un rival entregado.    

En definitiva, antes esto se llamaba fútbol. Ahora es un negocio muy lucrativo, tanto para jugadores como para entrenadores, directivos, agentes, cadenas de televisión y periodistas en general. Para todos menos para el que sostiene el negocio. Para el que paga. De nosotros nadie se acuerda. Porque hace un par de décadas, o tres, los partidos se jugaban los domingos por la tarde, menos el televisado, que era por la noche. Hoy se juega viernes, sábados, domingos y lunes, hay encuentros que acaban pasada la medianoche y, si quieres ver a uno de los dos equipos privilegiados, disponte a rascarte el bolsillo a modo. Y si hay jornada entre semana o se juega la Copa del Rey, todos los días hay partido. Un lío. Tampoco existen ya en la radio los carruseles de verdad, porque casi nunca se juegan dos partidos al mismo tiempo. Es por los chinos, que nos ven mucho y a todas horas. A nosotros, que nos den. Y en la prensa escrita, todos lucen sus colores sin sonrojo ni control. Antes, ser objetivo era lo que intentaba aparentar cualquier periodista que se preciase. Ningún lector sabía a ciencia cierta de qué equipo eran Gilera, Belarmo o Rienzi. Hoy todos sabemos de qué pie cojea cada uno de ellos y encima les importa un bledo. Sí, permítanme que lo diga, he acertado con la palabra correcta. Es añoranza. Una nostálgica y enorme añoranza de aquel gran día de Reyes de 1979.                        
            

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